Las expectativas son como lentes a través de los cuales miramos la vida, pero algunas veces nos juegan malas pasadas. Son ideas o creencias que formamos sobre cómo deberían ser las cosas o cómo esperamos que las personas actúen. Estas anticipaciones nacen de nuestras experiencias, deseos y temores, y aunque pueden motivarnos y darnos dirección, también tienen el potencial de distorsionar nuestra percepción de la realidad.
En el budismo, se enseña que gran parte del sufrimiento humano proviene del apego: el deseo de que las cosas sean diferentes a como son. Cuando nos aferramos a nuestras expectativas, creamos una resistencia frente a la realidad, lo que inevitablemente genera frustración y decepción. Aprender a soltar ese apego nos permite enfrentar las experiencias con mayor serenidad y claridad.
Hace unos días, me crucé con una publicación en redes sociales que cuestionaba la ubicación del sol, los planetas y la posibilidad de vivir en un domo. Independientemente de las creencias que cada uno tenga, lo que realmente me llamó la atención fue la reflexión que desencadenó en mí.
Comenté brevemente sobre cómo muchas personas pasan sus vidas en una rutina sin fin: trabajar para comprar cosas que creen que los harán felices y esperar ansiosamente esos quince días de vacaciones al año. Y lo curioso es que, aunque viviéramos en un domo, la mayoría ni siquiera se plantearía conocerlo por completo. Es como si, más allá de cualquier teoría, el verdadero encierro fuera mental. (ver post sobre “el domo”)
Lo interesante es que, a raíz de mi comentario, una mujer le dio like y me envió una solicitud de amistad. No suelo darle demasiada importancia a estos gestos, y menos aún porque estoy en una relación muy feliz. Después de diez años disfrutando de mi propia compañía, encontré a una gran pareja con la que comparto mi camino, sin ningún deseo de aventuras fugaces. Aun así, como vi que esta persona mostraba interés en temas de vida, salud y perspectivas holísticas, decidí aceptarla. Me pareció que podría ser una buena oportunidad para intercambiar ideas.
Pero entonces pasó algo curioso: al poco tiempo, ella le dio like a una foto de mi pareja, donde yo no aparezco, tomada durante nuestro último viaje con el mar de fondo. No me preocupó, pero sí me hizo reflexionar. ¿Qué expectativas tenía ella? ¿Y cuáles tenía yo? Tal vez ella buscaba generar un acercamiento personal. Tal vez yo esperaba encontrar a alguien con quien compartir visiones similares. Pero al final, ninguno obtuvo lo que imaginaba.
Este pequeño episodio me recordó cómo nuestras expectativas pueden ser mucho más grandes que la realidad misma. A veces proyectamos deseos o suposiciones sobre situaciones o personas, sin detenernos a observar lo que realmente está ocurriendo. Y eso, sin duda, puede llevarnos a malentendidos o desilusiones.
Por ejemplo, alguien puede postularse a un nuevo trabajo con la firme expectativa de conseguirlo después de una excelente entrevista. Pero si no recibe la oferta, la decepción no viene solo del resultado, sino de la diferencia entre lo que esperaba y lo que realmente ocurrió. De manera similar, en las relaciones, es común esperar que nuestra pareja actúe o reaccione de cierta forma, y cuando no lo hace, sentimos frustración y luego de eso aparece el enojo. Esto no significa que la realidad sea negativa, sino que nuestras expectativas no se alinearon con ella.
Cuando las expectativas no se cumplen, solemos sentir frustración o decepción. Pero en realidad, muchas veces esas emociones no están causadas por lo que ocurre, sino por lo que pensábamos que iba a suceder. Reconocer esto nos da la libertad de vivir con mayor aceptación y apertura, permitiéndonos adaptarnos a la realidad en lugar de resistirla.
Estar conscientes de cómo nuestras expectativas influyen en nuestras decisiones y emociones nos ayuda a vivir con más claridad. Porque cuando dejamos de aferrarnos a lo que esperamos, nos abrimos a lo que es. Y ahí, en esa apertura, es donde verdaderamente sucede la vida.
Estoy absolutamente convencida que lo que pensamos nos determina emocionalmente y conductualmente. Podemos pensar lo mejor y lo peor la gama puede hacer abrumadora . Y las escaldas emocionales de ansiedad y angustia ni hablar. Por eso hay que tener mucho cuidado con las distorsiones y aferrarnos a la realidad. A veces es tan sencillo como simplemente preguntarle al otro que piensa. En vez de quedarnos en la soledad con la mente dando vueltas como un disco que va girando infinidad de vueltas.